Atrapados en las redes de Inle

Despúes de dos largas y duras jornadas de trekking por las montañas de la provincia Shan, por fin llegamos a Indéin, un pequeño poblado famoso por sus mil estupas y por su gran mercado donde los habitantes de la región compran provisiones para sus familias. Para nosotros fue el punto de partida para llegar Nyaung Shwe, la población que nos acogería durante nuestra estancia en el lago Inle. Empezamos el recorrido por unos estrechos canales con pasos de agua hechos de cañas de bambú, que nos hacían saltar cada vez que los cruzábamos. Al llegar a la parte más ancha, los márgenes se perdían en el horizonte, el sol de la tarde teñía de dorado las aguas del lago y contorneaban las siluetas de sus casa flotantes, agricultores y pescadores. La primera visión del lago nos impresionó mucho y es que sus 116 kilómetros cuadrados de superficie parecen un mar infinito como sacado de otro mundo.

Al poco contemplamos fascinados una carrera de barcazas, donde los participantes remaban con los pies con una habilidad sobrenatural. Entre una cosa y otra cruzamos el lago de punta a punta en una escasa hora que se nos pasó volando, y cuando llegamos al hotel no pudimos hacer más que cenar e ir a dormir.

Al día siguiente con las piernas aún medio entumecidas decidimos dar un plácido paseo en bici por los alrededores del poblado para dejarnos embriagar con el ritmo de vida del lago. La simpática chica que nos alquiló las bicis nos planteó una ruta por la zona que nos pareció interesante. El recorrido resultó más duro de lo que esperamos ya que el calor era asfixiante pero sin duda el paisaje mereció la pena, vimos una pagoda olvidada en lo alto de la colina, agricultores plantando arroz, niños jugueteando por los canales y campesinos bañando sus bueyes.

Entre pedalada y pedalada pronto llegó la hora de comer. Después de coger fuerzas, subimos las bicis a una barcaza que nos llevaría al otro lado del lago donde disfrutamos de la puesta de sol en un precioso puente de madera que unía las casa flotantes con tierra firme.

Por la mañana alquilamos un bote que nos llevaría a los lugares de interés del lago. Salimos temprano para poder ver a los pescadores lanzar sus redes al agua mientras con una increíble habilidad reman con los pies. El baile que ejecutan con el remo y las redes hipnotiza.

Después paramos en una casa de artesanía de plata donde vimos como trabajaban el preciado metal al modo tradicional, desde la manipulación de la roca en bruto hasta la elaboración más minuciosa de collares y pulseras.

Al salir de ahí varias mujeres en sus barcas nos abordaron para que les compráramos todo tipo de accesorios para combatir el calor, abanicos, sombrillas, sombreros y refrescos, además de pulseras, collares y figuritas. La siguiente parada nos llevaría hasta un taller de construcción de sombrillas de papel. Además en la casa habitaban las famosas mujeres jirafa que tejían con un telar pañuelos de seda. Fue muy divertida la interacción con ellas ya que por primera vez veían a un turista que modificaba su cuerpo, quedaron sorprendidas con las dilataciones y tatuajes de nuestro amigo Xavi y compartimos un rato muy agradable. Después nuestro conductor nos llevó a visitar la pagoda Phaungdawoo famosa por albergar cinco budas dorados los cuales son llevados en procesión por el lago en una barcaza real una vez al año. No nos impresionaron mucho ya que no resultaron ser más que unas piedras con pan de oro, sin forma alguna, situadas en un altar al cual no podían subir las mujeres.

Asfixiados por el calor decidimos parar a comer en un lugar cercano. Nos refrescamos un poco y nos preparamos para la siguiente parada que sería un taller de confección de telas. Resultó muy interesante ver como se realizaba todo el proceso manualmente, desde la extracción de hilo de la planta del loto, su hilado en ruecas, hasta su tejido en enormes telares igual que cientos de años atrás.

Cansados de ver talleres de artesanos aún nos quedaría pasar por el de fabricación de puros dónde nos compramos unos fantásticos puros anisados.

La guinda del recorrido y lo que más expectación crea a los turistas es el famoso monasterio de los gatos saltarines, dónde los monjes han enseñado a los felinos a saltar a través de un aro. Al final no resultó ser más que cuatro gatos cebados de comer que no saltaban más de medio metro, la verdad no nos impresionó nada. Eso sí de camino al monasterio vimos y disfrutamos de los jardines flotantes, donde los lugareños cultivan todo tipo de hortalizas sobre el agua.

Para finalizar presenciamos entretenidos la puesta de sol, mientras lanzábamos comida a los pájaros que la cogían al vuelo.

Muy a nuestro pesar la estancia con Adrian y Xavi llegó a su fin, con ellos compartimos grandes momentos en Birmania. Pero había llegado la hora de separar nuestros caminos, mientras ellos se dirigían a Bangkok, nosotros aún nos disfrutaríamos unos  días más de la amabilidad birmana. En las jornadas siguientes tuvimos la suerte de ser invitados por Chomar, la cocinera del hotel donde estábamos, a cenar con su familia en su casa. Además de degustar una espléndida cocina shan, disfrutamos de la hospitalidad de esta familia que nos robó el corazón.

Otro día visitamos el monasterio de las ventanas ovaladas y volvimos de nuevo al lago para maravillarnos con las danzas de los pescadores. Es a día de hoy que aún soñamos con nuestros mágicos días en Inle y su maravillosa gente que aún sin tener nada lo da todo. Nunca lo olvidaremos!

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