De Kalaw a Inle

Se acabaron las ciudades calurosas y polvorientas. Habíamos llegado a la una de la mañana a Kalaw, situada entre montañas elevadas sobre los 1300 metros y el frío de las alturas hizo acto de presencia. A la siguiente mañana, saldríamos en busca de los senderos que recorreríamos durante nuestras dos jornadas de trekking al lago Inle.

Empezamos a paso ligero, el primer día se prometía el más duro a juzgar por las colinas que teníamos enfrente. Al par de horas, cuando el guía vio que ya empezábamos a acusar el ritmo, paró en una pequeña aldea shan, dónde disfrutamos escuchando las leyendas tribales de la zona mientras nos invitaban a un té. Tras el descanso, y tras dos horas andando a través de secos arrozales, nos dirigimos hambrientos a un cercano poblado. Allí devoramos todo lo que nos prepararon y nos rendimos a una breve pero reparadora siesta.

La tarde nos resultó más entretenida. Mientras cruzábamos el campo, contemplamos muchas de las rutinas diarias para la gran mayoría birmanos, y es que más del 90% de ellos son campesinos. Parecía que retrocediéramos en el tiempo. Carros tirados por bueyes labraban el campo, chicas cubiertas de tanakha, se protegían de un sol abrasador mientras plantaban jengibre para la siguiente cosecha. Un abuelo con sus traviesos nietos recorría el mismo sendero en dirección a un riachuelo cercano. Allí muchos otros aldeanos unían sus fuerzas para desviar el agua a sus cultivos, mientras mujeres se encargaban de lavar la ropa. Incluso observamos estupefactos como dos escuálidos mineros sacaban carbón de una mina improvisada de menos de un metro de diámetro por unos veinte de profundidad!Exhaustos llegamos a un pequeño monasterio. Allí acababan los veinte kilómetros de la primera etapa y era el lugar donde comeríamos y descansaríamos hasta el día siguiente. Después de una cena memorable, disfrutamos de un sueño reparador en nuestras camas improvisadas. Suerte que fuimos a dormir temprano porque al amanecer grandes voces, que resonaban en lo más profundo, nos despertaron. Al levantarnos nos dimos cuenta que no eran más que tres pequeños monjes los que recitaban los mantras…

Después un delicioso desayuno a base de pancakes (créps), fruta y café, salimos a primera hora hacia Inle. Fue una segunda jornada de trekking dura, especialmente para nuestro amigo Adrian, que tuvo que abandonar al no encontrarse bien. Perdimos bastante tiempo tratando de encontrarle un transporte al pueblo donde acabaríamos mas tarde. Después de esto nos tocó correr, esta vez el camino era de bajada y el guía iba imponía un ritmo elevado. Anduvimos durante las tres horas siguientes a pleno sol por muchos tramos de carretera polvorienta. Después llegamos a un pequeño camino arcilloso repleto de rocas negras que parecían esculturas que nos conduciría a Indein. Uno de los pueblos del sur del lago. Allí nos reunimos con Adrian de nuevo y partimos todos en busca del bote que nos llevaría hasta el hotel en Nyaung Shwe, en la otra punta del lago.

En conclusión, hacer el trekking estuvo muy bien, más que por los paisajes o la naturaleza que vimos, por el hecho de estar en contacto directo con las pequeñas tribus Shan y ver como era su día a día. Fue sin duda una experiencia muy recomendable.

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