Mandalay, escaleras hacia el cielo

Llegamos a Mandalay un caloroso día de marzo, sus calles atestadas de vehículos, ruidos y una extrema polución, nos dieron la bienvenida. Si bien es cierto que no teníamos muchas expectativas puestas en Mandalay, al final nos sorprendió. Teníamos intención de ver un torneo de chinlon, el deporte que más se practica en Myanmar, pero no pudo ser porque justo había acabado la liga. Nos resignamos un poco apenados y la ciudad decidió recompensarnos con otros momentos más inolvidables y por si fuera poco nuevos amigos.

No teníamos mucho tiempo para visitar la ciudad y sus alrededores, así que nos organizamos un poco. Tras la comida decidimos ir a ver el partido, así que después de informarnos de la ubicación contratamos a un taxista para llegar al lugar. Vamo, que es como se llamaba el conductor, era un apasionado del fútbol y nos llevó rápidamente, solo quedaban 20 minutos para que empezara el encuentro! Pero una vez llegamos ni encuentro ni nada de nada, solo unos monjes que apostaban al póker mientras fumaban puritos. La liga había terminado y hasta dentro de tres meses no volvía a empezar… Vamo nos sugirió llevarnos al bicentenario puente de Amarapura para ver la puesta de sol a lo que accedimos, un poco para quitarnos del mal sabor de boca. Amarapura es famosa precisamente por albergar el puente de teka más largo del mundo, y es que en sus 1,2 kilometros de longitud sostenidos por más de 1060 postes de madera, discurren miles de personas cada día, entre ellos muchos monjes y pescadores.

Vamo, nos cayó tan bien que al día siguiente nos convenció a hacernos un tour por el resto de ciudades antiguas que rodean Mandalay, y de regalo nos llevaría al final del día a la colina. Empezamos visitando algunas tiendas de rigor, según él sólo para hacer tiempo mientras llegaba la hora del desayuno para los monjes de Ganayon Kyaung, nuestra siguiente parada. Cuando te dicen que vas a visitar un monasterio, imaginas un lugar tranquilo y venerado con respeto. Tristemente, no era el caso… nos chocó comprobar como la paz de dos mil monjes era perturbada por otros tantos miles de turistas ansiosos de cazarlos con sus cámaras. Y todo esto mientras ellos intentaban almorzar o asearse. Chocaba aún más ponerte en su piel, sobretodo en la piel de los novicios, esos chicos que acaban de cambiar la comodidad de sus casas por los sacrificios de la vida religiosa, mientras día tras día se sienten observados como atracciones de feria. Es una pena la verdad. Eso sí, si intentabas salirte del río de gente y te quedabas en un rincón tranquilo, podías compartir conversación con algunos monjes muy interesados en practicar el inglés que incluso no dudaban en acogerte en el monasterio unas semanas a cambio de unas clases.

Tras esta primera toma de contacto con los monjes, nos dirigimos a Sagaing, donde colinas coronadas con 500 estupas e incontables monasterios se elevan sobre el río Ayeyarwady. Para acceder a ellas se debe recurrir al laberinto de escaleras que conectan los templos y a pesar de tener que subir miles de escalones, cuando llegas ahí las vistas lo merecen. En lo alto conocimos a un monje muy amistoso que nos recibió y mientras compartíamos charlas sobre nuestros respectivos países, nos iba haciendo de guía. Estaba especialmente interesado en el país de Adrian, nuestro amigo neozelandés que seguía con nosotros. El monje tenía intención de ampliar sus estudios en el extranjero y Nueva Zelanda entraba entre sus opciones. Entre templo y templo acabamos cerca de su monasterio, donde nos invitó a comer con su familia, comida típica birmana. La hospitalidad y generosidad de esta gente nos llegó al corazón.

Despúes de un largo rato fuimos al encuentro con Vamo, el cual ya empezaba a estar preocupado porque tardábamos y porque aúnquedaban muchas cosas por visitar. Rápidamente nos llevó hasta un embarcadero donde debíamos tomar un bote que nos dejaría en Inwa. La mayoría de gente se montaba en coches de caballos para hacer las visitas de rigor. Nosotros, que ya estábamos un poco cansados de hacer turismo, decidimos andar relajadamente un poco por el pueblo. Al doblar una esquina, un grupo de niños bailando el Waka-Waka nos esperaba para acabar la tarde entre juegos y risas. Nunca olvidaremos la inocencia de los pequeños birmanos.

El que ya no reía tanto era Vamo, que ya estaba cansado de esperarnos. Todavía quedaba cruzar Mandalay para subir a la colina y ver el sunset a tiempo. Lo que no sabíamos es que mil escaleras nos separaban del cielo, y subirlas corriendo después de un día tan largo se convirtió en una especie de tortura… No podemos decir que las vistas recompensaran mucho ya que la ciudad se encontraba enmarañada por la contaminación un día más. Nuestro tour exprés llegaba a su fin, y decidimos cenar algo contundente, al día siguiente partiríamos hacia Kalaw dónde empezaríamos un trekking hasta el lago Inle. Una última sorpresa nos esperaba en el hotel, en la puerta de la habitación una bolsa dejada por unos amigos franceses que conocimos la noche anterior. En ella albergaban deliciosas delicatessen en forma de embutidos y pates que nos supieron a gloria. Os damos las gracias desde aquí!

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