Yangón, una capital abandonada

Nada más aterrizar en Yangón te das cuenta de que el país es muy distinto al resto de los del sudeste asiático. Choca el contraste que experimentas al cruzarte en su moderno aeropuerto con mujeres y niños maquillados con el tradicional thanaka (crema producto de moler el tronco de un árbol y que les sirve de protección solar) o con hombres vestidos con largas faldas conocidas como longyis. Recorrer Myanmar es retroceder en el tiempo, aquí no sirven de nada los teléfonos e internet funciona a duras penas, y es que el país ha estado durante años aislado por la comunidad internacional y asfixiado por un régimen dictatorial. Por suerte parece que poco a poco las cosas están cambiando… se han convocado elecciones y el partido de la premio Nobel de la paz, Aung San Suu Kyi opta a una parte de los escaños. Esperemos que sirva para algo! Los que no cambian son los birmanos que siguen siendo amables, divertidos, humildes y hospitalarios, la verdad es que te hacen sentir muy a gusto. Siempre dispuestos a recibirte en su casa o a invitarte a un té en la calle, te enseñan que a pesar de su dura situación, siempre se puede seguir adelante con una sonrisa.

Esta antigua capital birmana suele ser la puerta de entrada para la mayoría de turistas que visitan este país. Con más de 5 millones de habitantes, Yangón sigue siendo la ciudad con más población, así como su centro económico, a pesar de que en 2005 se trasladó la capital a Nay Pyi Taw. Cuando esto sucedió, no solo se desvió la atención política sino también el flujo de dinero, dejando Yangón y a sus infraestructuras un poco resentidas. Y es que Myanmar está en constante estado de cambio. Si nos centramos en el aspecto económico, solo en un año han doblado los precios y se han bajado las tasas de cambio de divisas. Desde el punto de vista del turismo el país es cada año considerablemente más caro en comparación a otros años y sobretodo a sus vecinos.  Además en lugar de cambiar en la calle como recomienda la Lonely Planet, ahora es mucho mejor adquirir tu dinero en el aeropuerto o en las oficinas de cambio que puedes encontrar alrededor del mercado. Así que un poco desconcertados en el tema monetario, cambiamos lo justo para un par de días y descansamos una vez llegados al hotel.

La tarde la reservamos a dar un paseo por el centro de Yangón, perdernos por sus calles, tomar un té con sus habitantes e incluso jugando al chinlone! Se trata de una especie de rondo dónde los jugadores con sus pies descalzos golpean una pequeña pelota de mimbre, tratando de que ésta no caiga al suelo. Lo consideran su deporte nacional y les encanta practicarlo en cualquier calle o rincón. La verdad es que es una gozada verlos danzar con el balón y compartir con ellos ese rato de diversión es todo una experiencia.

El día siguiente lo dedicamos a hacer un poco de turismo. Empezamos por el cercano Botataung Pagoda. Este templo ribereño es famoso por albergar las reliquias de Buda que fueron transportadas desde la India hace dos mil años. Caminando a orillas del río contemplamos la mezcla de arquitecturas que dejó el colonialismo británico, majestuosos edificios que en otra época fueron blancos, ahora comidos por el moho, así como una mezcla de iglesias, mezquitas, sinagogas y templos hindús. Así llegamos a la Sule Paya, importante por tener más de dos mil años y estar cubierta en oro, pero curiosa por estar ubicada en medio de una rotonda y acorralada por el intenso tráfico a su alrededor.  Se hace extraño ver un templo milenario rodeado de tiendas, pero es Yangón es así!

La perla de la ciudad, la imponente Swedagon Paya, la reservamos para el último día. Antes visitamos la Chaukhtatgyi Paya, lugar donde se encuentra un impresionante buda recostado de 65 metros. Después de ser invitados a entrar en uno de los muchos monasterios cercanos y de charlar con sus monjes, nos dimos un plácido paseo por los alrededores del lago Kandgawgyi hasta que lluvia torrencial nos cogió de lleno. Dejamos pasar la tormenta en un pequeño bar cerca del lago contemplando de lejos nuestra siguiente parada.

La imponente Shwedagon Paya recubierta por más de cincuenta toneladas de oro y encumbrada por incrustaciones de diamantes y piedras preciosas, cuenta con más de 2500 años de antiguedad y presume de ser el alma del país. La leyenda explica que dos hermanos mercaderes que se encontraron con Buda, recibieron ocho de sus cabellos para que fueran entronizados en Birmania. Los dos hermanos, con la ayuda del rey local, llegaron hasta las colinas Singuttara donde se encontraban ya otras reliquias y decidieron que allí se elevaría la estupa. Otra anécdota cuenta que la campana Maha Gandha, realizada con 23 toneladas de bronce, fue sacada del complejo con la intención de trasladarla hasta Calcuta durante la colonización inglesa. La campana se hundió en las aguas del río y cuando los británicos desistieron de intentar recuperarla, el pueblo birmano se ofreció para hacerlo. Utilizando centenares de postes de bambú consiguieron reflotar la campana que regresó a su lugar original.

A diferencia de templos de cualquier otra religión los budistas no solamente están construidos para el momento de la plegaria, sino que son utilizados a modo de retiro espiritual, sirven para meditar, socializarse o simplemente pasar la tarde en estado contemplativo. Y es que compartir con los birmanos la visión de la Shwedagon al atardecer, es una de esas experiencias que no se pueden describir con palabras…
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